Mostrando entradas con la etiqueta Baselizak-Ermitas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Baselizak-Ermitas. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de diciembre de 2025

LA ERMITA DE SANTA LUCÍA (A los 50 años de un derribo)

Eduardo Vallek artikulu mamitsua dakar berriro txoko honetara, oraingoan Santa Luzia baseliza izan zenaren inguruan. Eskerrik asko, Eduardo.

Eduardo Valle trae un nuevo trabajo de investigación a este rincón, esta vez alrededor de la que fue ermita de Santa Lucía. Gracias, Eduardo

Gerardo López de Guereñu Galarraga. Ermita de Santa Lucía. (Arabako Artxiboa / Archivo de Álava).

Antiguo mapa de Vitoria con la ermita de Santa Lucía señalada en rojo. Junto a ella, el antiguo camino de Escuidioza, camino y término toponímico documentado en Toponimia de Vitoria I Ciudad  como Ezkudiotza. A la izquierda, también en rojo, el polvorín que existió en el actual barrio de Judimendi. En medio, el río Errekatxiki.

A.G. 1-1-12 Plano de Vitoria y su término campanil. 1888 (AMVG)

 «Un mal día del año 1975, el 8 de enero, fue de improviso derribada». Así lo dejó escrito Venancio del Val refiriéndose a la ermita de Santa Lucía, ubicada en un altozano sobre la vaguada   del  río Errekatxiki, donde hoy   se   halla la calle Los   Astrónomos.   Una ermita cuya   primera   referencia conocida se   remonta   a 1566 según otro   sabio local,   Gerardo López de   Guereñu, en   su magnífica   obra  Álava, solar de   arte y de fe. En ella, el gran etnógrafo alavés cita las curaciones de enfermos de peste en la ciudad y en las ermitas de San Juan y Santa Lucía a cargo de un tal maese Pedro, cirujano.

 

Pero es en 1813 cuando comienza la curiosa historia de la ermita. Eran los tiempos de la llamada Guerra de la Independencia y los movimientos de tropas en Vitoria obligaban a la sufrida ciudadanía a un esfuerzo  insoportable en forma de contribuciones y requisas. Hasta el punto de que Antonio de Mendizaval, Formerio de Arrazola Oñate y Pedro Atauri, los tres miembros de la Cofradía de Santa Lucía que habían comprado la ermita se vieron en la necesidad de vender su título de propiedad, adquiriéndolo una empresa, Helcel y Sobrinos (1), que gestionaba portes de mercancías desde la frontera de Irún a diferentes puntos, con sucursal en Vitoria. No era muy común 
que una compañía privada se hiciera cargo de un templo religioso, pero así ocurrió en el caso que nos ocupa. Al poco tiempo, la disolución de la citada empresa dejó la ermita en manos de José Kreibich, empresario de origen centroeuropeo emparentado con la familia Helzel.

DEPÓSITO DE MUNICIÓN

El caso es que, como consecuencia  de la batalla de Vitoria, el ayuntamiento embargó el uso de la ermita para guardar en ella gran cantidad de pólvora, bombas, balas y granadas que había abandonado el ejército francés en su apresurada huida. El lugar se hallaba convenientemente alejado de la ciudad, por lo que era adecuado para semejante almacenaje, ya que se trataba de preservar la seguridad del vecindario. Es así como la ermita se convirtió en polvorín custodiado de forma permanente por un destacamento de soldados. Pero es lo que tiene semejante mercancía: a pesar de la vigilancia, la noche del 1 de enero de 1816 se produjo una violenta explosión con el consiguiente incendio que dañó parte de la estructura de la edificación. Kreibich solicitó la oportuna indemnización al ayuntamiento de Vitoria, quien la denegó argumentando que el embargo de la edificación no había sido para utilidad directa de la ciudad y que pidiera el resarcimiento a la Real Hacienda o a las autoridades militares. Desconozco cuál fue la resolución de este asunto pero lo cierto es que al año siguiente, en 1817, Kreibich pagó de su bolsillo la reconstrucción de la ermita, en la que intervinieron el arquitecto Mateo Garay y el carpintero Antonio Ordozgoiti (2)

ATHA-DAH-FCD-004-047. Rescripto del Obispado de Calahorra y La Calzada de 1819 

(Arabako Artxiboa- Archivo de Álava).


Tras las oportunas reparaciones, Santa Lucía recobró de alguna manera la importancia que a nivel popular había tenido. Prueba de ello es la firma y publicación por el Gobernador del Obispado de Calahorra y La Calzada el 13 de junio de 1819 de un rescripto del Nuncio Apostólico Santiago Giustiniani, por el que se conceden «varias Indulgencias a todos los Fieles que visitaren la Iglesia Hermita de Santa Lucia, sita en el territorio de la Ciudad de Vitoria (3)».

Gracias a este documento sabemos de la existencia de tres imágenes en el interior de la iglesia: Santa Lucía, San Juan Nepomuceno y Santa María Magdalena (4). También se informa de la fecha de la festividad: «Se hace saber que el día 30 del presente mes de junio se celebra la Festividad de Santa Lucía en su misma Iglesia Hermita…». Asimismo se establece que la víspera tendrá lugar la adoración de la reliquia de la santa y que el día grande, 30 de junio, se celebrarán misas «de media en media hora, comenzando desde las cuatro y media(¡!) hasta las nueve…». Los horarios de tan tempranas y numerosas homilías se fueron “suavizando” con el paso de los años aunque, en todo caso,  «el 30 de junio era para los vitorianos fieles de la santa de Siracusa un día para madrugar (5)».

JOSÉ ANTONIO HELZEL Y ESTÉFANA ZUMENTO

A través de sucesivos legados y herencias, la pequeña basílica, como llegaron a denominarla, pasó a propiedad de José Antonio Helzel Zavala, acaudalado empresario con multitud de posesiones urbanas y rústicas en Vitoria y alrededores.

Edificio de la esquina Dato-Florida y casa contigua. Construcciones promovidas 

por José Antonio Helzel en 1879.

Promovió la construcción de diversos edificios, destacando el que aún existe en la esquina de las calles Dato y Florida, junto al pozo de la fuente de las Ánimas y al mojón del kilómetro 351 de la antigua carretera general Madrid-Irún. Era propietario de La Compañía Alavesa, empresa dedicada a la fabricación de cerillas que radicaba en la actual Avenida de Santiago, en una parcela situada al lado del actual edificio perteneciente a Osakidetza. La empresa tuvo su importancia durante muchos años, hasta que comenzó a decaer en la primera década del siglo pasado, debido a las reestructuraciones dictadas por el gobierno en lo referente al monopolio estatal de las cerillas y fósforos.

 Accionista del Banco de España en Vitoria, presidente del consejo de administración de El Carmelo (conocida fábrica de sacos)… incluso había prestado dinero al ayuntamiento vitoriano en 1880. En 1908 figuraba en el selecto grupo de los máximos contribuyentes del impuesto denominado “la Hoja de Hermandad”, al mismo nivel que personajes de la élite vitoriana como Juan Cano, Heraclio Fournier o Casimiro Pando-Argüelles, con quien, por cierto, se hallaba emparentado (6). Él y su mujer, Estéfana Zumento, dieron a la ermita de Santa Lucía su época de máximo esplendor desde 1880 hasta la década de los veinte del siglo pasado. Para ello realizaron obras en el interior de la capilla, en el terreno anexo con sus árboles frutales y su pequeño jardín. Destacó la reforma llevada a cabo en 1890 con el arquitecto Jacinto Arregui al frente, que volvió a poner en marcha los rituales de bendición de la “nueva ermita” con procesión en el interior y exterior del santuario, las letanías y los salmos correspondientes, todo ello dirigido por los sacerdotes de la parroquia de San Vicente, a la que pertenecía el templo a efectos eclesiásticos. Los fastos terminaron con el pertinente agasajo a los curas participantes y a algunos amigos de la familia de los dueños, consistente en vino de jerez, dulces y pastas.

                                                   
Balbino Sobrado. Tropas por el camino de Elorriaga, hacia 1920. Arriba al fondo, Santa Lucía. SOB-9x12-17_09 (AMVG).

ROMERÍA Y CELEBRACIONES

Todo ello —las obras y el refrigerio— costeado por el matrimonio Helzel-Zumento, igual que los actos que año tras año comenzaban en la tarde del 29 de junio con una Salve cantada e interpretada por músicos aficionados locales, algunos de ellos miembros de la propia familia Helzel, y adoración de la reliquia de la santa. Al día siguiente, el de la fiesta grande, el programa era el mismo con el añadido de la celebración de misas cada media hora desde las ¡cuatro! hasta las ocho de la mañana. La prensa de la época se hacía eco de la gran cantidad de fieles que acudía año tras año a la ermita. Sus alrededores se llenaban de un enorme gentío que aprovechaba el paseo hasta Arana —siempre se consideró la pertenencia de Santa Lucía a ese barrio— para merendar, hacer gasto a los puestos de churros que se instalaban en las inmediaciones o pasear hasta el cercano pueblo de Elorriaga, que disfrutaba de sus fiestas en honor a San Pedro. Unos días antes, el 24 de junio, los vecinos de las calles Nueva Dentro y Nueva Fuera, que llevaban en procesión la imagen del patrono San Juan Bautista hasta la ermita para la llamada “misa de salud”. También muchas modistillas iban hasta allí en su fiesta de diciembre, costumbre que se mantuvo viva al tiempo que decaían las celebraciones del 29 y 30 de junio.

               

 Imagen de Santa Lucía en  la parroquia de San Juan Bautista (Judimendi).

Todo ello formaba parte de la cultura popular gasteiztarra. De ahí el valor etnográfico y costumbrista de la pequeña iglesia, que también tenía su lado más “chic” como lugar escogido para bodas aristocráticas y de la alta sociedad.

La ya citada Estéfana Zumento había fundado una capellanía en la ermita (7) que siguió en vigor años después de su fallecimiento y del de su hijo Francisco, en 1953, último descendiente directo de la familia Helzel. La misma señora legó el templo familiar a la iglesia católica, por lo que la Diócesis de Vitoria fue su última propietaria (8).

FINAL DE UNA HISTORIA

Llegaron los años setenta y el desarrollo urbanístico, necesario e imparable, se extendió a Santa Lucía. La ermita desapareció del mapa en 1975, como ya se ha dicho, dando su nombre al nuevo barrio y a su parroquia, que se inauguró en 1983 y a la que, al parecer, fue a parar la imagen de la santa titular de la ermita, donde habría estado hasta 2007. En ese año la iglesia parroquial de Santa Lucía fue cedida a la iglesia ortodoxa rumana de Vitoria, pasando a denominarse San Cosme y San Damián. Debido a ese cambio, parece ser que la representación de Santa Lucía pasó a la cercana parroquia de San Juan Bautista de Judimendi, en cuya nave lateral se halla instalada. 

           Altozano en el que se ubicó la ermita de Santa Lucía.

Si la creencia general es acertada, sería el único vestigio de una ermita que todavía funcionaba como tal en 1973. Dos años antes, el que fuera Cronista Honorario de Álava, José Francisco Martínez de Marigorta, había firmado un artículo con su habitual pseudónimo “Tenerías” en el que se preguntaba (qué ingenuidad la suya) por la posibilidad de que la ermita fuera trasladada a otro lugar. Incluso pensaba que se tendría «el debido cuidado» en el hipotético cambio de ubicación. Con las referencias de las ermitas de San Juan de Arriaga y de Abendaño cabe pensar que se hubiera podido idear otra solución que no fuera la que obtuvo triste fama en el Vitoria de los años 70 del siglo pasado: el derribo.

                                                                              P. S.: Para terminar, una pregunta (mejor dicho, tres): si el día de Santa Lucía es el 13 de diciembre, ¿a qué venían los tradicionales actos de finales de junio? ¿Tendrá algo que ver que el 30 de junio es la festividad de Santa Lucina (de Roma) y los vitorianos asimilaron su nombre al de la santa de diciembre? Pero, ¿y lo expresado en el documento del obispado de Calahorra? Ni idea.

AGRADECIMIENTOS:

A Ricardo Garay, responsable de la delegación de Patrimonio Histórico-Artístico y Documental de la Diócesis de Vitoria, por las facilidades dadas.

A José Ignacio Domínguez, por su generosidad y amabilidad al compartir sus investigaciones. Gracias por adelantado, a la espera de disfrutar de su trabajo en Ohitura.

Testua: Eduardo Valle Pinedo



 (1) Gerardo López de Guereñu Galarraga, Álava Solar de Arte y de Fe, 1962, Obra Cultural de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de la Ciudad de Vitoria, pp. 340 y 341. En muchos documentos aparecen indistintamente Helcel y Helzel, siendo esta última la forma correcta.

 (2)DH-1231-3. Arabako Artxiboa-Archivo de Álava.

(3)ATHA-DAH-FCD-004-047. Arabako Artxiboa-Archivo de Álava.

 (4) Venancio del Val, La Ermita y Alto de Santa Lucía, 1994, Arabako Foru Aldundia-Diputación Foral de Álava, p. 24. En este artículo, que forma parte del programa de festejos de San Prudencio y Ntra. Sra. La Virgen de Estibaliz, Venancio del Val cita, además, las imágenes de San José, San Luis Gonzaga, la Virgen y San Lorenzo. Asimismo, menciona la existencia de vidrieras con motivos hagiográficos.

(5) Pensamiento Alavés, 30/06/1937.

(6) Heraldo Alavés, 23/05/1908 de junio.

 (7) Venancio del Val, La Ermita… , p. 26.

  8) El dato de la herencia de la ermita en favor de la iglesia diocesana de Vitoria me lo proporciona amablemente José Ignacio Domínguez, que se halla trabajando en el volumen de la publicación Ohitura dedicado a las ermitas de la Cuadrilla de Vitoria-Gasteiz que publicará en 2026 el Seminario Alavés de Etnografía.

Gerardo López de Guereñu Iholdi. Ermita de Santa Lucía. 

(Arabako Artxiboa / Archivo de Álava).



sábado, 30 de mayo de 2020

BASELIZAK ETA KOMENTUAK. ERMITAS Y CONVENTOS. ESPACIOS SAGRADOS LIMINALES


 ERMITAS Y CONVENTOS RURALES. ESPACIO SAGRADO LIMINAL
  

Baselizak eta herrietako komentuak, erligiotasun ikurra bezala, definitu gabeko arlo batean betidanik kokatu omen dira mendeetan zehar. Herriaren eta basoaren tarte horretan eraiki dira, esparru “liminala” izenekoan. Zentzu honetan, eta gure gizartearen historioan, komunitateak herriko elizaren inguruan segutitate espazioa sortu ohi du: kristautasun lekua. Herritik kanpo, ordea, seguritate gabeko saila izaten dugu: basatia eta kristaua ez den lekua.

Bi kontrako kontzeptutaz ari naiz:Bezatutzat ematen den arloa eta aurrean basatia den arloa. Herria eta basoa. Kristautasuna eta fedegabekotasuna. Baseliza eta zenbait komentu basatia den partean dagoen kristau eremua dela esan liteke. Definitu gabeko muga honetan aritu dira baselizetatik egindako ritualak eta ekintzak, eta gaur egun XXI. mendean eguneraturik herriak berak sortutako liturgia berriak burutzen dira baselizeen inguruan
 
La religiosidad ha estado marcada siempre por su relación con la actividad social. Ya estudiosos del fenómeno como Tylor (1871) establecían que la religión en cualquier grupo humano obedecía a la necesidad de contacto con lo sobrenatural, pero también al deseo de normativizar y regular la vida social de la comunidad. Se subraya de esta forma la secular relación, no necesariamente antagónica, entre lo sagrado y lo profano.

En este sentido en la colectividad humana agrupada en torno a la estructura de villa, aldea o pueblo se recreaban aspectos que tenían que ver con lo trascendente y con lo sagrado. De igual forma se definían lugares refugio, lugares seguros y zonas exteriores o de peligro donde la indefensión era patente. Lugares limpios y lugares sucios. Lugares civilizados y lugares salvajes. Espacios domesticados por la civilización, por las leyes o por la fe; y por el contrario espacios sin domesticar, donde se encuentra lo desconocido, morada de la barbarie, de lo salvaje o de lo infiel. Muchos de estos conceptos que ahora nos parecen superados, han permanecido en el imaginario de nuestros pueblos hasta hace relativamente muy poco tiempo.


            La villa, agrupada alrededor de la iglesia y al abrigo de murallas (ahora esas murallas pueden ser virtuales o psicológicas) y casas de fuertes paredes se convertía en el lugar civilizado por excelencia. Zona segura, protegida por Dios y por la fuerza de la ayuda comunitaria. En este espacio del pueblo la vida social se encontraba regulada y el espacio natural había sido domesticado, por la agricultura y la ganadería en su aspecto ecológico y económico; y por la religión en su aspecto trascendente o social.

           
Fuera de los muros del pueblo quedaban los prados y el bosque. Ese era el espacio salvaje donde las reglas eran marcadas todavía por la propia naturaleza. Durante muchos siglos el bosque fue lugar habitado por fuerzas sin control. Espacio inseguro, oscuro, salvaje.  Basta recordar al médico suizo Paracelso que en el siglo XVI dibujaba y describía con todo lujo de detalles imaginados a los habitantes de los bosques europeos: seres deformes, monstruosos, diablos con forma de árbol, ninfas, silfos, brujas, gnomos y un largo etc... Recordemos que todos hemos crecido bajo el influjo de cuentos que nos hablaban de lobos feroces, brujas, gigantes y hombres malos que nos podían devorar si nos adentrábamos solos en el monte.
           
Dos conceptos opuestos: espacio seguro frente a espacio peligroso. El pueblo como civilizado y el bosque como espacio de barbarie han estado acotados y bien definidos. Pero también es cierto que, desde la poderosa influencia de la tradición católica, se señalaba un ámbito intermedio, un espacio fronterizo, límite entre “dentro del pueblo” y “fuera del pueblo”, dentro de la seguridad y fuera de la misma. Así encontramos en ese espacio en el límite entre lo civilizado y lo salvaje elementos arquitectónicos o simbólicos como cruceros, cementerios, conventos y ermitas.

Las ermitas, templos del bosque (es paradigmática la acepción en euskera de la palabra. Baseliza = baso + eliza = bosque + iglesia), surgen como espacios sagrados en territorio profano, o cuando menos en la frontera entre lo religioso y lo profano. En muchos casos la construcción cristiana se asienta sobre un lugar donde anteriormente han existido castros celtas, asentamientos romanos o simplemente un claro del bosque donde se celebraban prácticas precristianas. Ha ocurrido también en el caso de numerosos conventos.  La ermita sería así un espacio que nadaría en la liminalidad, ese terreno que tan bien definía Van Gennep; ese espacio límite, frontera entre la seguridad de lo civilizado y la inseguridad de lo no controlado por el hombre.
Quienes en principio habitaban las ermitas, eran eremitas que abandonaban la seguridad de la comunidad de vecinos del pueblo. Con los conventos ocurría algo muy parecido, sujeto a las normas de las distintas reglas religiosas. Unos lo hacían voluntariamente para orar en silencio y cerca de Dios, otros lo hacían obligados con objeto de purgar algún pecado o mala acción. En ambos casos muchas personas, con vocación más o menos definida, recurrían a la ermita o al convento extramuros como espacio alejado, como espacio exterior donde vivir de forma contemplativa y en fusión con la naturaleza. Eran de alguna forma colonizadores para la religión de un espacio que se encontraba en territorio de fuerzas malignas.

            A pesar de que los rituales más importantes de la comunidad se realizaban en la iglesia del pueblo, templo que representa el núcleo central del mundo seguro y civilizado, se debía intentar controlar a la naturaleza. Por eso, durante determinados días al año era necesario conjurar a las fuerzas desatadas y salvajes. No en vano de la naturaleza dependían en buena parte las cosechas y por lo tanto la economía de subsistencia del grupo humano.
Por ello muchos de estos ritos de petición de beneficios agrícolas y de salud se realizaban fundamentalmente desde liturgias que tienen lugar en las ermitas o conventos: ofrendas de productos del campo, peticiones particulares o familiares, rogativas, procesiones, romerías...Es en este espacio liminal desde donde se intenta conjurar a las fuerzas del mal, pidiendo que se alejen las tormentas, el pedrisco, la sequía o las epidemias.

            Los santos protectores tienen su eficacia. Como muy bien apunta ese extraordinario antropólogo alavés que es Josetxu Martínez Montoya [1] ...el espacio ritual cambia, los referentes climáticos y organizacionales varían, pero el agente social es el mismo. Es el pueblo el que intenta proteger los campos que ha sembrado meses antes.

            Hoy, la geografía alavesa sigue teniendo vida en mucho de estos espacios liminales, Nuestra Señora de Angosto, en el valle de Valdegobia o Ibernalo, en Santa Cruz de Campezo, siguen teniendo vida y sentido para las comunidades cercanas. Edificios o instituciones, rodeadas de un misterioso silencio (en muchos casos en ruina) son testigos de unas tradiciones y una historia que reinventamos, readaptamos o redefinimos constantemente, desde la voluntad de seguir siendo un grupo humano que se considera y autodenomina pueblo.

Fotografías: Estas magníficas copias antiguas han sido conocidas gracias a la escritora e investigadora, experta en nuestro patrimonio arquitectónico, Camino Urdiain. Por sus referencias sabemos que fueron encargadas por la Diputación Foral de Álava a Schommer Koch en 1950 (ATHA-DAF-DAI-PP-005-094 a97)



[1] Mtz. Montoya J. (1996) Pueblos, ritos y montañas. Prácticas vecinales y religiosas en el tiempo y en el espacio de la comunidad rural. Bilbao. Desclée De Brouwer.