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jueves, 9 de abril de 2020

TEODOSIA DEUNAREN LIZARRAK. ARBOLA ETA ARBOLAK ADIERAZTEN DUEN MIRISMENA - LOS FRESNOS DE SANTA TEODOSIA. EL ÁRBOL COMO REPRESENTACIÓN VENERADA



Leku sakratu guztiek heuren zaindariak ote dituzte?
Horrela bada Teodosia Deunaren  baselizak badauzka bereak: parean dauden lizarrak hain zuzen. 

Done Bikenditik edota Iturrieta aldetik ailegatzen  garenean, lizar sendo eta dotore hauek aspalditik agurtzen digute.  Erromeria egunetan, eguzkitsuak izanez gero, bertan prestatzen den tabernetan, hizketan aritzen direnei freskura ere luzatzen diete 

Indoeuropear kulturetan zuhaitzaren mirespen nagusia izan da, herri gehienen artean arbola zerbait sakratu bezala hartu da, bereziki zeltiar eremuan eta euskal kulturan ere bai. Hori dela eta arbola beti jainkoekin lotu da. Gaur egun hori aldatu bada ere zuhaitzak herriarentzako sinbologia berria dauka. Naturarekiko lotura berri bat sortu du gure gizartean; ekologia eta ingurune orekatuagoa dira gaur egungo baloreak, eta zalantzarik gabe esan daiteke arbolak giza bizitzan  garrantzia  jarraitzen duela izaten. 

Después de acceder a de Santa Teodosia, bien desde San Vicente de Arana o desde la carretera de Iturrieta, en un día soleado la sombra que nos ofrecen los viejos e imponentes fresnos que se encuentran detrás de la ermita se agradece. Bajo sus ramas se entablan las conversaciones de los conocidos de distintos pueblos de la comarca, se compran exquisitos quesos o se beben unos vasos de vino en la taberna preparada para la romería. No olvidemos que una de las funciones de la romería, y la reunión bajo los fresnos es un ritual más de la misma, es fomentar la cohesión e identidad de los habitantes de la zona, Roitegi, Onraita, Valle de Arana y aldeas de la Llanada que comparten los pastos comunales de la “Parzonería de Entzia”, cuyas ordenanzas recogió de forma magistral el antropólogo alavés Josetxu Mtz. Montoya en su libro “Pueblos, ritos y montañas”.  

  
Sin duda, como ocurre con estos monumentales fresnos, el árbol ejerce su atracción, como la luna, el agua o el fuego, sobre los hombres. Un árbol nos indica que es navidad, al igual que con sus ramas celebramos las “enramadas” por San Juan o las “palmas” del Domingo de Ramos; sobre un tronco graban sus inscripciones los enamorados, sello de compromiso y reconocimiento de su mutuo afecto; la fuerte viga de roble es el sustento de nuestras casas al igual que del “gailur” del tejado;  entre sus ramas instala los “zumbeles” el cazador de palomas y tras él quien acecha al jabalí; el árbol nos proporciona el fuego del hogar, material que nos llega en forma de “suertes”; del árbol obtenían la madera Satur Vidán el yuguero; con las ramas de laurel  se decoran los balcones buscando protección, de igual manera que el tronco de haya del “mayo” pretende conjurar tormentas (“nublaos”) y granizo (“piedra”), protegiendo las cosechas;  bajo el árbol sagrado de Gernika se juraban los fueros de Bizkaia, al igual que el árbol Malato, en la localidad de Luyando, marcaba las fronteras del señorío y concitaba a los notables de Ayala; con los troncos y ramas de los árboles se quema todo lo malo de la aldea en la noche mágica de San Juan abriéndonos a un periodo de luz y fertilidad, representado por el verano... el árbol en definitiva como un elemento cargado de fuerte simbología para nuestra concepción del mundo .

        

      No podemos olvidar que, entre los pueblos indoeuropeos, especialmente en la cultura celta, el árbol ha sido un elemento venerado. Raíces, tronco, ramas y hojas, en su conjunto, eran consideradas parte de una deidad y poseían una fuerte carga simbólica, mágica, protectora o curativa. El árbol representaba también la fortaleza. Se erguía desde el suelo (allí donde se encuentra lo perecedero, reposo de los muertos, representación del infierno en su subsuelo) hacia el cielo (hacia las alturas, hacia el infinito, donde habitan los dioses y lo sagrado) como buscando al creador. Bajo él celebraban sus rituales los druidas y de él extraían pócimas y ungüentos. Figura central de la religiosidad céltica, como cuenta con erudita pasión el profesor de Deusto Dr. J. Villacorta, es precisamente, y de nuevo, la referente al "árbol de la vida".

Los árboles, para nuestros ancestros, representaban un espacio económico del cual obtener determinados elementos que podían contribuir a mejorar las condiciones de los lugareños (leña para los hogares, indispensable elemento para producir carbón, material de construcción, materia prima para objetos y mobiliario domésticos, aperos de labranza, espacios para la ganadería, lugares de caza...), y basta recurrir a un simple estudio etnográfico de nuestros usos y costumbres. Pero ello no impide constatar que también ocupaban un espacio sagrado, un espacio de contacto con lo trascendente. El árbol se convierte en cruz, la cruz que albergó a Jesucristo en su agonía y muerte. Torna, bajo la mano experta del artista, en retablo, de madera, siendo representación de la voluntad de ascender por los muros de la iglesia hacia las alturas, como si de una   alegoría de las ramas se tratara.

En la actualidad los árboles, los bosques siguen conservando su fuerte atracción para todos nosotros y también para la comunidad, para el pueblo. Quizás los dos aspectos mencionados anteriormente han perdido fuerza, pero se han incorporado otros que siguen subrayando la importancia del haya, del roble, del fresno, del arce, del chopo...se ha redefinido el monte como un espacio de clara conciencia ecológica a la vez que se utiliza como área de esparcimiento lúdico-festivo, en una nueva interpretación del tiempo de ocio. Sin duda los desastres ecológicos y la clara toma de conciencia por parte de las nuevas generaciones de la necesidad de respetar el medio en el que vivimos han contribuido a ello. Buena muestra son actividades como el Día del Árbol, jornadas micológicas, recogida de basuras en los bosques por parte de alumnos y alumnas de centros educativos, etc... Las nuevas formas de ocupación del tiempo libre también han contribuido a cambiar entre nosotros la visión del bosque. Mas que como espacio para el trabajo, es observado como posibilidad de práctica deportiva o de disfrute. Los grupos de montaña, los paseos en mountain bike y el senderismo han arrebatado el protagonismo de la actividad humana a labores tradicionales como el pastoreo, las carboneras, las limpias o la recogida de “abarras”.

        Nada permanece inalterable. Todo cambia, en estos tiempos que nos ha tocado vivir a velocidad de vértigo, pero el fresno majestuoso sigue atrayendo nuestra mirada. Son tiempos de nuevas tecnologías (Anna Harendt diría que nos acecha un futuro de tecnologías sin alma) y revoluciones informáticas, a pesar de ello, en la vida real el majestuoso árbol nos saluda al llegar a la ermita.

¿Tan solo unos fresnos?
No amigos, aunque no nos lo parezca, son mucho más que unos simples árboles.



Testua: Jesus Prieto Mendaza

Argazkiak/Fotografías: Vicente Guinea Glz. de Artaza, turismo.euskadi.eus, historiasdeayala.blogspot.com e EITB.eus/rado/radio-vitoria

domingo, 22 de marzo de 2020

PIEROLAREN HONDAKINAK-LAS RUINAS DE PIEROLA

Artikulu berri bat Jesus Prieto Mendazaren luma ederretik. Disfrutatu. Eta eskerrik asko, Jesus.
Un nuevo artículo de Jesús Prieto Mendaza, como siempre espléndido. A disfrutarlo. Gracias Jesús
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Santikurutze Kanpezutik gertu, Hornillo mendipean, Pierolaren hondakinak aurki ditzakegu. Historikoki garrantzitsua zen bertan zegoen konbentua, baina nire haurtzaroan hori baino leku magikoa zen Pierola eta inguruak. Abenturak bizitzeko paradisua, koadrila harremanak sendotzeko paisaia eta, izkutaturik, lehenengo zigarroa, erdi zorabiaturik, hartzeko iniziazio tenplua. Hondakinak, ahazturik eta belarrez gainezka ikusteak pena ematen dit. Ez al litzateke posiblea izango zerbait egitea ederra den Mendialdeko leku honetan?


Vamos a acercarnos hoy a un lugar recóndito, y quizás por ello hipnótico, de la geografía alavesa, enclavado en el extremo oriental de nuestro territorio. Desde una perspectiva académica, son muchas, y sugerentes, las razones que nos invitan a fijarnos en el convento de Piérola, en las cercanías Santa Cruz de Campezo. Las hay desde una justificación etnográfica, antropológica, religiosa, histórica, artística, literaria o política. Y es que como comenta el investigados José Ignacio Vegas, en su obra El Románico en Álava 2ª parte, es muy probable que en ese lugar privilegiado existiera un asentamiento humano desde tiempos pretéritos. Comparto esa opinión al constatar que la peña de Hornillo protege del norte el lugar y que además de tierra fértil existe también agua, dándose, por lo tanto, las condiciones idóneas para la vida humana desde el neolítico.

Según reportan numerosos eruditos, entre los que yo destacaría a Landázuri y López de Gereñu, el solar ha tenido varias denominaciones, tales como: Piérola, Piedrola, Pedrola, Petralara, etc. De nuevo nos dice Vegas que “…La referencia más antigua data de 1085 cuando aparece Don Sancho Fortuniones de Piedrola. En 1165 se cita como fortaleza en el fuero de Laguardia y en 1182 en el de Antoñana. Como solar de los Piedrolas se cita en 1332 en el documento de la Voluntaria Entrega. Cuando en el siglo XV se empieza a citar el convento, se hace como San Julián de Piedrola y Landázuri lo cita en 1797 como de San Francisco de Piedrola”. Según anotaciones de Gerardo López de Gereñu, que cita el Fuero de Santa Cruz de 1256, en sus inmediaciones, en el camino hacia la villa de Antoñana, existía una ermita que originariamente se conoció como de Nuestra Señora de los Ángeles. El arqueólogo Raúl Leorza Álvarez de Arcaya comenta, en un artículo de la Revista Ibernalo (nº 28/ mayo 2011), que “en el siglo XII se mencionan en la zona las aldeas de Santa Cruz, Orbiso, Ibernalo, Berdijón, Izquiz y Piedrola”. Es probable que como convento franciscano pudiera ser fundado, teniendo como referencia la fecha en que se otorgaron las bulas, alrededor de 1484. El insigne escritor Benito Pérez Galdós menciona, en sus famosos Episodios Nacionales la importancia estratégica que tuvo este convento durante las cruentas Guerras Carlistas y, precisamente, como fruto de aquellas contiendas – una auténtica guerra civil en el País Vasco-Navarro – y las leyes posteriores que se promulgaron con objeto de eliminar los vestigios del absolutismo, sabemos que la desamortización de Juan Álvarez de Mendizabal, en 1835, obligó a que el convento cerrara sus puertas.



            Pero para quien esto escribe, el solar de Pierola, “el convento”, cómo le llamábamos de niños, supone algo más que historia, existe un plus, que tiene más que ver con lo emocional que con lo científico. Y es que, para un chaval que pasaba fines de semana, vacaciones y, sobre todo, los veranos –aquellos interminables y fantásticos veranos – en el pueblo, Piérola era un lugar mágico. Eso, a pesar de que había muchos lugares más en nuestro entorno, ¡claro que sí! Para un infante que pasaba toda la semana en Vitoria, recluido entre las aulas del viejo Colegio San José (clérigos de San Viator), lugar que ocupa en la actualidad Dendaraba, y en su casa de la calle Fueros, haciendo aquellas filas de interminables deberes en un Cuaderno Rubio junto a la “cocina económica”, el tiempo en Santa Cruz era un tiempo de asueto extraordinario, un tiempo de fantasías recreadas a golpe de pedaleo con una bicicleta en la que, a falta de frenos desgastábamos las zapatillas compradas en la tienda de “la Araceli”. Como no recordar hoy, convertido ya en sexagenario, sus, siempre amables palabras: “¡Hay que ver como desgastas la suela chuchin! Pruébate estas nuevas y verás que bien andas, ¡Venga, pruébatelas saladote!”. Así, con esa liturgia iniciática en la zapatería del “Chole”, se abría para mí ese tiempo mágico distribuido entre chapuzones en Fresnedo, pesca de cangrejos en Inta, la trilla en la era con Cecilio Iriarte o el “Luisito del Alba”, la caza de pajarillos con “liga[1]” o con cepo, la recogida de “cernacules[2]” para vender al señor Claudiano, los recados hechos a “la Raquel” con los que me ganaba dos pesetas, los viajes con el veterinario, Don Tomás Pérez de Eulate, con el que por llevar el registro de perros vacunados, o “cochos” capados, podía obtener su beneplácito, “Jesusín, quiero que de mayor seas veterinario”, y hasta veinticinco pesetas. La lista podría ser interminable, aun así, entre todos esos lugares mágicos que Santa Cruz escondía, había uno especialmente envolvente: las ruinas del “convento”.

            Las piedras caídas y rodeadas por la hiedra, la espadaña erguida de Piérola, la imagen fantasmal, siempre rodeada de un halo de misterio, hacían que al acercarme a ese lugar un ligero escalofrío subiera por todo el cuerpo. Había un espacio especialmente significado, un reto, cual era conseguir, casi siempre arrastrándonos y no sin cierta dificultad, penetrar en las entrañas de piedra del antiguo monasterio. Así, como si de auténticos espeleólogos se tratara llegábamos al corazón de aquel mundo subterráneo, la sala de piedra, con sus asientos de sillería en la que, junto a mis primos y amigos de la cuadrilla, recreábamos historias sobre cómo habrían vivido allí los frailes o, quizás algún caballero medieval con su dama, escondiéndose de los enemigos o atacantes, tal vez sarracenos bajo el estandarte de la media luna, tal vez soldados carlistas huidos de un ataque del ejército liberal. La imaginación volaba, entre conversaciones, risas y alguna que otra calada dada a un único cigarrillo, posiblemente un “celtas” sin filtro, que alguno de los presentes había hurtado en casa. Eran tiempos de censura, de televisión única, en blanco y negro, de cine dominical, una época feliz sin internet ni dispositivos móviles. La creatividad, la fantasía, la imaginación eran nuestra única distracción y allí, bajo la tierra del solar de Piérola, la historia encerrada por aquellas viejas piedras se nos aparecía como si de una pantalla de alta definición se tratara. Al salir, la luz nos cegaba, y tumbados en la hierba de la campa nos dejábamos llevar observando el vuelo de cuervos, grajos, halcones, milanos, águilas y buitres que se paseaban por el roquedo, bajo la cumbre que miraba hacia el pueblo de Oteo. Las paredes de Hornillo tenían también un atractivo especial. Cuando aquel niño creció, cuando fue joven aquellas rocas se convirtieron en su inicial escuela de escalada. Por aquellos escarpes inicié mis incursiones con cuerdas, arnés, estribos, clavijas y mosquetones. Allí sufrí también más de un susto, pero todo era compensado cuando desde la cima, sentado en el pequeño rellano de la roca se podía sentir el envolvente silencio de las ruinas del convento, a mis pies, y la impresionante vista del valle coronado, enfrente, por las majestuosas cimas de Yoar y Costalera.



            Ya de adulto, no he dejado nunca de visitar este lugar, me reconforta, me hace pensar, me obliga a mirar en mi interior, como al subsuelo del monasterio llegábamos de niños, y sigo sintiendo el mismo escalofrío que sentía hace casi cincuenta años. Tan sólo otro sentimiento se añade ahora a los anteriores: la pena. Del otrora convento de Pierola quedan tan sólo las ruinas. Tristeza por ver que ese maravilloso lugar no haya sido recuperado, pena al observar que su rico legado se va olvidando, amargura al constatar que un lugar de fuerza magnética, desbordante, es invadido por las zarzas y el desinterés. Creo que habría alternativas para su recuperación. Turismo, rutas históricas, camino Ignaciano, deporte, aventura, escalada, rutas de trekking o bicicleta de montaña, centro de interpretación del valle, albergue, hospedería, museo de la trufa, etc… son posibles ideas que bien podrían recuperar este hermoso paraje de nuestra Montaña Alavesa. No sé si nuestras instituciones debieran de tomar la iniciativa, pero creo que recuperar este rincón mágico próximo al pueblo de Santa Cruz de Campezo no es sólo una posibilidad de desarrollo local, es, fundamentalmente, una obligación para la memoria de esta tierra fronteriza con la hermana navarra.



Oharra/Nota: Las fotografías antiguas, en las que observan labores agrícolas, pertenecen al archivo de la familia Aniz Pérez Carrasco.


[1] Una especie de pegamento, obtenido a base de trabajar, “lavar, limpiar y “amasar”, la mezcla obtenida de raspar las cortezas del acebo (Ilex Aquifolium, gorostia en euskera). El mismo, colocado en pequeñas ramas finas de mimbre o de junco, “baretas”, cerca de algún pequeño curso de agua, permitía capturar pájaros cantores para su venta o bien otras aves para su consumo. Eran muy frecuentes hasta los años ochenta del pasado siglo las meriendas de “pajaricos fritos”.
[2] Así se denominaba en Campezo al fruto pomáceo del escaramujo o rosal silvestre (Rosa Micrantha), conocido también como “tapaculos”.

Testua eta argazkiak: Jesus Prieto Mendaza

domingo, 20 de enero de 2019

ERROGATIBAK. NEZKAZAL MUNDUA JAUNGOIKO BABESAREN BILA - ROGATIVAS. EL MUNDO AGRÍCOLA Y LA BÚSQUEDA DE PROTECCIÓN DIVINA


ROGATIVAS. EL MUNDO AGRÍCOLA Y LA BÚSQUEDA DE PROTECCIÓN DIVINA.


Aspalditik, udaberria etorri bezain pronto, abeltzainak eta nekazariak zeruari begira aritzen ziren, nekazal munduan ekaitzak, haizeak, lehorteak, trumoiak eta kaskabarrak arerio krudelak ziren eta. Uzta ona izateko asmoz jaungoikoari babesa eskatzen omen zioten gure baserritarrek. Zeruaren beldur zeuden eta zeruaren babesa bila errogatibak egiten zituzten. Errogatiba izenekoaz ari gara. Errogatibak erlijiotasunarekin zerikusia zuten erritualak ziren, eta egia esan, testigantzek baieztatzen duten bezala, oso anitzak eta ugariak izan genituen Arabako lurraldeetan zehar. 

Gaur egun, Meteosat izeneko satelitea martxa jarri zutenetik, errituala hauexek poliki joan dira desagertzen. Hala eta guztiz ere, zenbait lekutan, Haranako bailarako Done Bikendi herrian adibidez, errogatibak mantentzen dira.

Vivimos tiempos de incertidumbre en lo concerniente al clima. Todos somos conscientes, de una u otra forma, de los cambios que la meteorología está experimentando en las últimas décadas. Inviernos suaves, en los que a la nieve y el hielo son cada vez menores, veranos fríos que se alternan con periodos de sequías, los daños en la piel producidos por el sol que provocan casos de melanomas o tumores malignos. Los científicos nos hablan del calentamiento global de nuestro planeta, del agujero en la capa de ozono, de la contaminación generada por las sociedades industrializadas y de lo que se viene a denominar, de forma genérica, el cambio climático. 

No sabemos a ciencia cierta por qué será, pero nuestros mayores lo resumen de forma certera cuando nos comentan: …el tiempo está mucho loco. Ya no nieva ni la tercera parte que antes, en verano muchas fuentes se secan y…algunos árboles florecen en febrero. ¿Dónde se ha visto esto? 

Sin duda los avatares de la climatología los sufrimos, en mayor o menor medida, todos; pero indudablemente sectores como el turístico, el pesquero y el agrícola-ganadero dependen directamente de lo que la meteorología marque.
Si llueve demasiado no se puede sembrar, si llueve poco las plantas pueden agostarse, si el viento norte sopla frío es imposible cosechar y en periodo de sequía se corre el peligro de vaciar las balsas de riego.

Los hombres del campo siempre están pendientes de los partes meteorológicos y las informaciones de los satélites o de los correspondientes departamentos de las administraciones públicas, que aportan una información certera sobre la aparición de frentes fríos o de tormentas veraniegas.

Pero… ¿qué ocurría hace treinta años cuando el satélite Meteosat no formaba parte de nuestras vidas? En aquella época lo más aproximado a una predicción meteorológica se reducía a la aparición de Mariano Medina, el popular hombre del tiempo, con unos rudimentarios mapas de líneas isobaras en los que aprendimos que un anticiclón se representaba por una A y que la B, también llamada depresión, significaba que posiblemente al día siguiente no iríamos a la piscina. La ciencia de predicción meteorológica era aquellos años pionera y las predicciones se caracterizaban más por sus errores que por sus aciertos. Por eso no era de extrañar que, en el mundo rural alavés, al igual que en otras regiones, se recurriera todavía a rituales heredados de los antepasados en los que se pedía la intercesión divina para librar a nuestros campos de penalidades y asegurar buenas cosechas. Me estoy refiriendo (las personas de cierta edad ya lo habrán adivinado) a las famosas rogativas.

En numerosos lugares de la Montaña Alavesa, como en el Valle de Arana, las rogativas completaban otros rituales de petición de bonanza y buenas cosechas como pueden ser el alzado del mayo en San Vicente de Arana o la colocación de cruces en fincas, casas y caminos. La rogativa siempre estaba unida al ritual católico, por lo que el sacerdote se erigía en elemento fundamental de la misma y en nexo de unión entre la tierra, representada por los labradores, y el Dios, representado por el cielo al que se pedía protección. Después de un estudio de distintos rituales de petición de protección para las cosechas, podríamos concluir que en el ámbito del País Vasco las tradiciones no eran significativamente distintas a las de otras zonas de España o del ámbito europeo.
Fundamentalmente, una rogativa presenta determinadas partes comunes en todas las sociedades de nuestro entorno:

  • Un objetivo de protección contra granizos y petición de buena cosecha.
  • Se realizan en primavera o comienzo de verano, cuando (y esto es común en todos los grupos humanos del mundo) la naturaleza despierta a la vida después del letargo invernal y los sembrados ofrecen su aspecto prometedor.
  • Participación imprescindible del sacerdote y de la liturgia religiosa católica, con objeto de asegurarse la protección divina.
  • Procesión desde una iglesia o ermita hasta un lugar enclavado en el campo.
  • Participación en la misma de los habitantes del pueblo.
  • Repetición de una oración o una serie de frases (herencia de conjuros anteriormente paganos) con objeto de anular los posibles peligros o males que pueden acechar.
  • Realización, de forma extraordinaria, en otros periodos del año, en caso de  excesos en la climatología o catástrofes naturales (fuertes tormentas, sequías prolongadas, inundaciones...). 
Así en San Vicente de Arana se mantienen hoy en día varias rogativas: En San Cristóbal los vecinos acuden a la ermita del mismo nombre situada en el cercano pueblo de Oteo. Después del ritual, se celebra un almuerzo de hermanamiento entre los dos pueblos. Por San Gervás se acude al vecino pueblo de Sabando. Allí también, después de pedir protección para las cosechas, se finaliza con un refrigerio de confraternización. Durante años se bendecían los campos con el agua cogida en San Gregorio (Sorlada). Se decía que así quedaban protegidos los sembrados contra los ratones, aunque algún vecino solía repetir que…¡Cuánto mejor sería soltar cuatrocientos gatos! 

El día de San Isidro, se acude al pueblo de Bujanda buscando la protección del cuerpo incorrupto de San Fausto. Por San Marcos y San Jorge, en abril, también se realizaban rogativas y hoy todavía se recrea esta costumbre en la ermita de la Virgen de Uralde. Por supuesto, como no podía ser menos en el pueblo de San Vicente, en la popular ermita de Santa Teodosia se vuelve a realizar el ritual y de nuevo se pide protección al cielo. En otros pueblos del Valle, estas peticiones de bonanza para los cultivos asociadas a la religiosidad han ido perdiéndose con el paso del tiempo. En Alda se han dilatado en el tiempo la visita a San Gregorio, en la cercana Navarra, así como la procesión hasta santa Teodosia desde el pueblo el 19 de junio, día de San Gervás; pero el resultado final ha sido la progresiva desaparición de las rogativas.

Después de haber hablado con varias personas de Ullibarri Arana, estas me confirmaban la existencia de numerosas rogativas hasta la década de los años setenta. Así el día de la Asunción se hacía una importante procesión, a la que acudía todo el pueblo, hasta la ermita de Andra Maria. Allí se efectuaban las rogativas y finalizaba el ritual con el lanzamiento de cohetes. También por san Marcos la pirotecnia tenía su espacio, y este día las rogativas unían al olor de la pólvora el repique de las campanas del pueblo. El día de san Gregorio, al igual que hemos visto en otros pueblos, se bendecía con el agua el campo para conjurar así a los ratones. Algo similar ha ocurrido también en Contrasta. Si bien se efectuaban las rogativas durante varios días pidiendo al cielo su intervención para asegurar una buena cosecha, alejar el pedrisco y evitar enfermedades en el ganado; en la actualidad este ritual unido a la vida, a la fertilidad y al tiempo marcado por la naturaleza en los campos, ha desaparecido bajo los impulsos de las nuevas tecnologías. Se realizaban en este pueblo varias rogativas anuales, entre las que debemos destacar la procesión del Corpus. En la misma se efectuaban rogativas, realizadas por el sacerdote, que bendecía los campos con el agua recogida en san Gregorio de Sorlada. Por la Ascensión, tenían lugar las rogativas durante tres días, en los que se sacaba a san Isidro para visitar todas las fincas. …durante tres días había rogativas. Ya tenía trabajo el cura, ya…se sacaba a san Isidro en procesión y se visitaban todas las piezas. ¡Eh! Por todas las piezas se pasaba pidiendo…


Eran otros tiempos. No podemos vivir de la nostalgia y, además de la urbanización del mundo rural, los adelantos en la predicción del tiempo, los seguros, las indemnizaciones, la industrialización del trabajo en el campo y una larga lista de factores han intervenido en los cambios experimentados por la religiosidad y por la producción agrícola-ganadera en nuestros pueblos. Pero todo esto no debe suponer, de ninguna manera, que caigan en el olvido etnográfico unas tradiciones que han formado parte del acervo cultural del mundo rural alavés. Recordarlo en estas páginas, queridos amigos y amigas, cuando menos, ya es algo que merece la pena. 

Jesús Prieto Mendaza

Fotografías del archivo de Joaquín Aniz (cedidas por Próspero Aniz)


lunes, 31 de diciembre de 2018

ARREA! PROPOSAMEN GASTRONOMIKO ETA ANTROPOLOGIKOA KANPEZUN-ARREA! UNA PROPUESTA GASTRONÓMICA Y ANTROPOLÓGICA EN CAMPEZO


  ARREA!

“Arrea!” Jatetxea da Edorta Lamok Santi Kurutze Kanpezun ireki duen azken proiektoa. Edortak berak esaten du proiekto hori neuk idatzitako liburua irakurri zuenetik hasi, eta hazi, zuela irudikatzen. “Furtibismoa Arabako Mendialdean”, liburu honetan furtibismo izeneko aktibitatea beste begirada batekin ikusten saiatu nintzen, begirada antropologikoarekin hain zuzen. Bitxia da, eta pozgarria, ezaguna den sukaldari honek, Edorta Lamok, begirada bera izatea eta begirada horren baten bitartez bere proiekto berria antolatzea Arrea Jatetxean.

Arrea! Es el último proyecto gastronómico del conocido restaurador Edorta Lamo. Y no deja de resultar curioso, además de gratificante, que este nuevo restaurante, ubicado en Santa Cruz de Campezo, esté íntimamente relacionado con uno de mis libros. Cuando publiqué, en la colección Ohitura de la Diputación Foral de Álava (2004), “El furtivismo en la Montaña Alavesa. Algo más que pícaros o burladores”, decía en el que la búsqueda de un complemento alimenticio a la pobre dieta del pueblo, más aún en años de dificultades, era una práctica ancestral en los pueblos de la comarca de Campezo. Reconocía en ese texto que desde niño me había llamado la atención la acividad de aquellos a quienes llamaban furtivos. En su actividad, había algo entre misterioso y apasionante, y es que a aquellos hombres que rara vez se dejaban ver por el pueblo, y a quienes muchos menospreciaban, realizaban una labor escondida, oculta, liminal, pero tan vieja como la propia existencia del ser humano. Se les divisaba desde lejos en el monte, eran sombras fugaces  a la orilla del río al anochecer, entraban casi sin ser vistos en la huerta de casa para dejar en el pilanko (1) la masa que luego convertirían en la preciada liga (2).  Me fascinaron de pequeño y por ello me decidí, ya adulto, a investigar todas aquellas actividades. Aquel sencillo libro no pretendía ser tan solo un relato, tampoco un tratado de mera etnografía; pretendía buscar, desde la mirada antropológica, las motivaciones económicas, la relación con la naturaleza y la simbología que rodeaba a estas sombras esquivas que se movían mejor en el monte que entre las calles del pueblo.


Desde Platón hasta Ortega y Gasset, pasando por el conocido escritor Miguel Delibes, entre otros en nuestros días, la caza y la lucha del hombre contra el bosque o la selva han sido motivo de reflexión como actividades humanas que se rigen por unas leyes muy precisas y que despiertan emociones encontradas y singulares. A más de uno le parecerá ridícula la idea de aprender algo que no sea crueldad de la vida de uno de estos personajes, pero retomando la teoría del cazador de Joseba Zulaika, yo también afirmaría que el sentido de propiedad natural, libertad instintiva y una especie de conciencia ecológica inconsciente, están presentes en las actividades de los hombres que pretendía analizar en mi trabajo. Cuando digo que aquel ensayo antropológico pretende reflejar una actividad que fue significativa en la cuadrilla de Campezo hasta, por lo menos, la década de los años setenta, el furtivismo, es necesario primero definir en profundidad el citado término.

Por lo tanto, respondamos a esta pregunta. ¿Qué entendemos por furtivo?
El concepto de furtivo más extendido, es sin duda el de aquella persona, cazador o pescador, que burlando la normativa y las leyes que regulan tales actividades, emprende de forma ilegal o clandestina la búsqueda de piezas. Gentes que por ánimo de lucro, o bien por la erótica de la captura (3), se dedicaban al ejercicio de la caza, la pesca, la recogida de hongos, etc... sin preocuparse lo más mínimo del daño que pudiera producir en la fauna o flora del lugar. Estos furtivos reúnen las características del aprovechado, del desalmado que no se preocupa por esquilmar los recursos de un biotopo o ecosistema determinado. No es a este grupo (a pesar de que algún individuo podría, sin duda, encajar en él. ¡Qué le vamos a hacer! siempre tiene que haber alguna excepción) al que pertenecen mis informantes. Cuando en Campezo se ha hablado de algunas conocidas familias de furtivos, de forma implícita se está aludiendo a otro tipo de hombre, de cazador, de pescador, de recolector del bosque. Al emplear la palabra furtivo para designar a los miembros de determinadas familias, los habitantes de estos pueblos, de forma inconsciente, tienen in mente otra acepción muy distinta. Es la que yo recuerdo desde niño.
Aquellos furtivos, no encajan en absoluto con la primera definición. Es más, todo el trabajo estaba encaminado a demostrar lo contrario: que estos hombres a los que se ha conocido como furtivos, se dedicaron a esas actividades por necesidad de la propia economía de la zona; no por placer, deporte o por la mencionada erótica de la captura.

¡Ay majico! Tú serías mucho chitín entoavía, o igual no habías nacido. Pero...yo con catorce años ya tenía el culo pelao de tanto guadañar, atar haces de mies, acarrear mantas de paja, poner la pala pá coger la zolla durante la trilla o de pasar frío buscando a alguna cabra en el monte. Todo pá otros, siempre pá otros. Total ¿sabes pá que? Pá nada...pá no tener más que unas alpargatas rotas. Y.… ¡hala ¡A correr con ellas por la nieve en invierno!

Así que me centré en este modelo, gracias a los testimonios de personas como Julián Foronda, el del trabajador del bosque, que no solamente cazaba o pescaba, sino que ejercía muchísimas más actividades, todas ellas relacionadas con el aprovechamiento del bosque o del río. Hombres que lejos de hacer daño a la naturaleza, la cuidaban, la protegían, sabiendo en todo momento donde estaba el límite de su actividad.

Más de una vez, echando un trago de la bota y aguantando la ventisca bajo una manta entre los bojes...hasta los guardas nos lo decían. Si con vosotros da gusto ver lo limpio que está el monte. Podáis, hacéis limpias para carbón o cisco... ¡Si os tenía que dar dinero la Diputación!¡Con lo que cuidáis vosotros el monte!
Hombres, en definitiva, a los que la pobre economía de la zona, obligó a adentrarse en el bosque o en el rio en busca de madera para hacer carbón, boj para los txirrikeros ( artesanos de la madera), setas , trufas, arañones (4), palomas, zorros, truchas, cangrejos, etc.. no por placer o deporte, no apliquemos esquemas que son de nuestra acomodada sociedad actual, sino empujados por la necesidad de supervivencia, en muchísimos casos por la simple necesidad de comer en épocas ciertamente difíciles. Su lugar de trabajo es el bosque, el río... lo consideran como algo suyo, como una especie de propiedad natural. Lejos de ser para ellos, un lugar que inspira miedo, habitado por seres monstruosos como los que describía Paracelso, el bosque, el río, ocupan un lugar importante en sus vidas y en su panteón, como si de una deidad se tratara.

Es necesario, llegados a este punto, recordar cual era la situación de la zona de Campezo hasta la década de los años setenta del pasado siglo. Pueblos envejecidos, en el que gran parte de su población joven emigró hacia los núcleos industriales. En muchos casos la superficie de terreno dedicado a la agricultura en esta zona es muy pequeña, puesto que más de dos terceras partes de su superficie la constituye bosque y monte bajo.
La agricultura de la zona, por lo tanto, era una agricultura de mera subsistencia para la gran mayoría de los núcleos familiares de la montaña. Serían muy pocos los labradores que se podían considerar fuertes, es decir aquellos cuyos ingresos provenientes de la actividad agropecuaria les permitían vivir de forma desahogada y para muchas familias, el único recurso era buscar el aprovechamiento de ese gran terreno o espacio, salvaje e inhóspito en ocasiones que es el bosque.

Pero no deseaba dejar solo en manos de la economía mi explicación sobre el fenómeno de los trabajadores del bosque. Si antes ya he mencionado que la sociedad de Campezo no consideraba delito la actividad del furtivo y el monte era tenido como una especie de propiedad natural, esto se debe a que es también un fenómeno eminentemente cultural.
Una cultura agraria que se adapta a las condiciones marcadas por un determinado ecosistema, por una economía concreta. Estaríamos recordando de esta forma la teoría más clásica de Maurice Godelier (5). La actividad del furtivismo era en definitiva una trasgresión socialmente aceptada, concepto en sintonía con el de Joseba Zulaika de libertad instintiva, que viene a decir lo siguiente: lo que el derecho civil condena, el uso, las costumbres, la cultura del pueblo disculpa y comprende. Así, los furtivos de Campezo, no eran malvados depredadores del bosque, que buscaban el placer y la aventura burlando las leyes y a quienes las hacían cumplir. Eran las duras condiciones de vida, marcadas por una agricultura de mera subsistencia, las que les empujaron a buscar su sustento en los bosques y ríos de la zona.

No mocete no. ¡Hay que joderse! Nosotros no teníamos ni una huerta en donde cultivar algo. La huerta nos la dejaba el cura. Si hubiéramos tenido perras... hasta rato íbamos a ir al monte. ¡Ya!
¿Sabes pá que lo hacíamos majico? Pá comer, que si no nos moríamos de hambre.

Pero hay otro aspecto reseñable, que yo recuperaba en el libro. Y es que en ellos se desarrollaba una conciencia ecológica inconsciente. Los hombres que desarrollaban su actividad en el bosque, mucho antes de que se hablara de ecología, ya poseían una conciencia ecológica innata, que hacía que cuidaran de las especies que ellos cobraban para evitar así su desaparición. Sabían que ese equilibrio garantizaba su actividad en años posteriores.

Si veíamos que en aquella poza ya no quedaban cangrejos, nos marchábamos a otra. Si en el perrechical ya habíamos cogido dos docenas, siempre dejábamos alguno chiquitico, para que echara simiente pá otro año.

Una actividad asociada, a caballo entre el taller y el furtivismo, era la de los txirrikeros. Éstos eran pequeños artesanos de la madera que, en sus talleres, instalados en las cuadras o los bajos de la vivienda, sacaban adelante a sus familias no sin esfuerzo. Tornos, botanas, gubias y hachuelas eran algunas de las sencillas herramientas con las que trabajaban la madera, en especial la de boj; para conseguir zoquetas, mangos de herramientas, cucharas, tenedores, piezas torneadas para sillas, balcones y pasamanos, etc...Su vida era la madera, y su obtención, cargando una caballería o un simple burro,  arreando los cortes de boj, les exigía pasar muchas horas en el bosque o que otras personas actuasen como proveedores de madera y ahí también entraban en juego nuestros furtivos. La importancia de estos artesanos de la madera, fundamentalmente en Santa Cruz de Campezo, fue notable. Gerardo López de Gereñu cita en su libro sobre la montaña alavesa esta copla de comienzos de siglo:

En Marañón hacen ollas,
en Genevilla, chiquillos,
en Santa Cruz de Campezo,
cucharas y molinillos.

Si tenemos en cuenta, que en aquellos años la caza y la pesca eran muy abundantes, no es de extrañar que muchas personas carentes de otros recursos, girasen su vista hacia el bosque y lo vieran como algo generoso que les esperaba con sus tesoros escondidos en su interior. Si citáramos las actividades que realizaban los llamados furtivos en el bosque o en el río, obtendríamos una larga lista: Caza de perdices, codornices, paloma torcaz, becadas, malvices (o simples pajarillos, utilizando cepos o una simple carabina), jabalí, conejo, liebre y mitxarros o lirones, ; animales que se cazaban con objeto de vender de su piel o porque eran remunerados como alimañas, así tasugo o tejón (con sus pelos se elaboraban las brochas de afeitar y cepillos. Su carne, en ocasiones, era guisada por los mozos de los pueblos, para su posterior merienda), raposo o zorro, lobos (en la década de los sesenta ya no están documentados en esta zona), gineta, garduña, tiguere o gato cerval, paniquesilla o comadreja, nutrias y turones o hurones; pesca, (que ejercía fundamentalmente en el río Ega, principalmente en la zona del desfiladero de Inta, lugar favorito del cinematográfico furtivo del vecino pueblo de Zúñiga, Tasio) de truchas, barbos, anguilas, loinas, chipas y cangrejos; obtención de carbón en carboneras, apilando  bien la leña y cubriéndola con céspedes. Cuando el tiro estaba bien comprobado se le daba fuego. Cuando no había arbolado grande se hacía carbón con ramas pequeñas de limpias, a este carbón tan pequeño se le llamaba cisco y se empleaba fundamentalmente para braseros; obtención de boj. Este árbol de pequeño tamaño que normalmente no pasa de ser un arbusto grande, posee una madera muy dura y apreciada. Se cortaba para los talleres de los chirriqueros. De él se obtenía la madera para los txistus que se hacían en talleres de Vizcaya y Guipúzcoa; también, por supuesto, los artesanos de Campezo obtenían de él las zoquetas para segar la mies, mangos, cucharas, tenedores, etc; recolección de hongos y setas. La más apreciada era el boletus edulis (hongo negro) por la que se pagaban elevadas cantidades sobre todo para proveedores de Vizcaya o Guipúzcoa. El perrechico de primavera estaba también cotizado en vísperas de San Prudencio. Pardillas (citoclybe nebularis), plateras (citoclybe geotropa), pie azul (lepista nuda), etc. eran también solicitadas; Recolección de arañones. Su recolección comienza a ser rentable, cuando se generaliza el pacharán como bebida habitual en los establecimientos hosteleros. Mediados los años setenta. Con anterioridad su consumo se ceñía al ámbito doméstico y con un carácter casi medicinal; recolección de bellotas. Durante muchos años las bellotas, preferentemente de encina, se recolectaban por sacos. Luego se vendían a granjas de engorde de porcino; recolección de trufas. Este carísimo hongo subterráneo se buscaba por medio de un perro de fino olfato (eran preferidos los perros pastores o los que eran mezcla de ellos) entre los robles, encinas, y ginebros (enebro). En otros lugares, como el valle de Arana y las Amescuas navarras esta labor corría a cargo de cerdos entrenados al efecto. La recolección se hacía en el pueblo, pero la venta se efectuaba a compradores casi siempre de la provincia de Huesca o catalanes, que a su vez se encargaban de venderlas en Francia; confección de liga. El proceso de elaboración de la liga era muy laborioso. En primavera o verano (cuando el árbol está sudando), se arranca la corteza de acebo (también a veces el muérdago se utilizaba en su elaboración). Después era necesario sumergirla cuarenta días en agua estancada que no esté muy fría. Pasados estos días se rayaba la corteza y la sustancia resultante se amasaba durante varios minutos todos los días. Esta operación se realizaba en un chorro de agua corriente con objeto de ir limpiando las impurezas. Debía hacerse siempre cuando soplaba viento norte, de lo contrario la masa de liga se corrompía. De esta forma, en una semana, la liga estaba preparada para su venta; corte de espliego. Esta planta aromática se da solamente en las zonas de solana; por lo que nuestros furtivos debían de pasar al otro lado de la sierra de Codés. En este lado navarro, orientado al sur, se daba en abundancia el espliego, que cortado y atado en haces, se enviaba a Barcelona, a determinadas fábricas de colonias. Tomillo, manzanilla y la flor del espino albar, eran recogidas también para herboristería, en concreto para curar los catarros.

Muchas de las presas obtenidas de esas actividades finalizaban en la cocina. Precisamente ese es el objetivo que desea recuperar Edorta Lamo.  ARREA! Quiere ser un nuevo concepto gastronómico, a desarrollar en pleno corazón de la Montaña Alavesa y que supone la vuelta a las raíces de nuestros abuelos, sus raíces más crudas, duras y salvajes. Raíces que tomará como referencia para practicar una gastronomía de estilo propio fuertemente local y autóctona que invocará personalidad, cultura y costumbres locales. Así, en ARREA! se sumarán varios espacios (taberna, cuadra y comedor) donde se ofrecerán diferentes propuestas gastronómicas en cuanto a formatos (pikoteos, raciones, menú diario, carta y menú gastronómico ARREA!). Por lo que abarcará diferentes necesidades gastronómicas tanto para el montañero, el cazador o el transeúnte de la zona como para el gourmet, el curioso o el turista de la Montaña. Dice el propio Edorta Lamo que en su local el furtivismo, la artesanía, el culto a la tierra, el hambre, la montaña, la muga… serán componentes básicos a la hora de practicar y divulgar una gastronomía propia.

Goseak jota
mendirako bidean,
orduak eta orduak
bertan zain...
pagadian.
Pobreziak bultzatuta
ibaiko zidorrean,
egunak eta egunak
izkutaturik...
ega uhertzetan.
Eskopeta, kainabera,
perretxikoak sartzeko saskia
aizkora edota eskuak,
dena baliogarria...
gosea kendu beharrean
Kodes mendizerra
lekuko haiz ixilean.

“La Sierra de Codés ha sido su testigo durante años. Escondidos en el hayedo, entre el boj, a la orilla del río, empujados por el hambre...ahí han estado durante siglos. Junto a ellos una escopeta, una caña, una cesta...”   (BertSo de Jesús Prieto Mendaza)

Texto: JESUS PRIETO MENDAZA
Fotografías: Arrea Jatetxea, Julián Foronda y Gastroeconomy.


(1) Pilanko. Así se denominaba en Campezo al pilón de agua que servía para abrevar el ganado, para regar huertas o para lavar la colada en las casas.
(2) La masa de liga, muy pegajosa, se utilizaba convenientemente colocada en baretas (es decir tallos de juncos) sobre dos piedras en acequias o riachuelos, para cazar pajarillos.
(3) Joseba Zulaika. 1992: p. 12.
(4) Así se llama en la zona, sin duda por la influencia navarra, a los fruto del ciruelo o espino silvestre comúnmente conocidos como aranes.
(5) Maurice Godelier. 1974.