PEÑUÑO,
LA TXOZA DEL TASIO
"Furtivo" hitza erabiltzen dugunean, normalean jendeak eskrupulurik gabeko ehiztari bati buruz ari garela pentsatzen du. Zalantzarik gabe holakorik egon badaude, baina ez dira horietakoak nik testu honetan errekuperatzen ditudan gizonak. Ez. Neuk aipatzen ditudanak nolabaiteko etika naturalari loturik ikusten ditut. Horietakoak dira Mendialdekoak, hemen aurkezten dizkizuedan gizonak.
Cuando hablamos de
furtivos, en numerosas ocasiones el público piensa en un cazador sin escrúpulos, haberlos los hay, sin duda, pero no me
interesan. Siempre me he centrado, cuando me refiero a las personas cuyas
historias acompañaron mi niñez, a esos hombres que no solamente cazaban o
pescaban, sino que ejercía muchísimas más actividades, todas ellas relacionadas
con el aprovechamiento del bosque o del río. Cazadores, pescadores o
recolectores que lejos de hacer daño a la naturaleza, la cuidaban, la
protegían, sabiendo en todo momento donde estaba el límite de su actividad.
Su lugar de trabajo era el bosque, el río... lo consideraban como algo suyo, como una especie de “propiedad natural”. Lejos de ser para ellos, un lugar inhóspito, salvaje, no civilizado, que inspira miedo, el monte ocupaba un lugar importante en sus vidas, era su lugar de trabajo.
Tasio Ochoa en los años de éxito de la película en la que fue encarnado por Patxi Bisquert.
En un interesante reportaje, el periodista,
y amante de las tradiciones más recónditas del territorio alavés, Paco Góngora[3], se refiere a estos hombres que vivían en
ese terreno liminal, aquellos “trabajadores del bosque y del río”[4] que complementaban los ingresos familiares procedentes de hacer carbón
vegetal en los claros del bosque de las Sierras de Codés o Lokiz.
“…encinas carrascas y robles de la sierra de Codés, encima de
Santa Cruz de Campezo, Jesús Atauri, 'Chucho', mueve con sus gruesas manos dos
cordeles. Está agazapado en la tronera hecha sobre el techo de una chabola
mimetizada con el paisaje verde con ramas de madroño… De niño aprendí a
'palanquear' los árboles, prepararlos para los zumbeles. Me enseñó gente como
'el Trabuco', 'Madrugo' o 'el Diente'. Ellos lo hacían para la gente rica que
eran los que tenían escopeta. De cuando en cuando cazaban y ¿sabes lo que hacían?
Se asaban las palomas en el monte porque tenían hambre. En esta zona la paloma
ha matado mucha necesidad. Este ha sido un pueblo muy pobre y muchos hemos
salido a cazar, a pescar truchas y cangrejos para subsistir” … Aquí emerge la
figura de Tasio, el personaje real (Anastasio Ochoa) nacido en Zúñiga, el
pueblo próximo a Santa Cruz, que Armendáriz convirtió en leyenda con el cine.
Aquel furtivo reflejó la manera de luchar por la vida en la dura postguerra. yo
he salido al jabalí con él, pero su especialidad eran los cepos», agrega “el Chucho”.
(Góngora, F. 2009)
La caza de la paloma con “zumbel”[5] (no
al estilo de otros lugares de la geografía española donde se dispara al paso o utilizando
redes, caso de las palomeras de Etxalar) ha sido una práctica muy arraigada en
esta tierra fronteriza. Esta modalidad consiste en engañar a los ejemplares
que, en bandada, realizan su migración anual hacia tierras más cálidas. En los
zumbeles se colocarán cuidadosamente las palomas ya amaestradas (hace muchos
años se utilizaba palomas ciegas), las mismas con las “pihuelas”
convenientemente atadas a sus patas y las “holgueras” dispuestas serán
fundamentales en esta modalidad de caza. Todavía la puja por las chozas o
puestos mueve una cantidad nada desdeñable de dinero en nuestros pueblos y
supone unos apreciados ingresos para las nada boyantes juntas administrativas
de los mismos.
Patxi Ochoa en el “centro de mando” de su choza de Peñuño. Allí tirando de las distintas argollas dirige los movimientos de zumbeles y volanderas.
Esta modalidad de caza se caracteriza por el engaño. Las palomas que viajan en bandada son engañadas al ver el aleteo de las que están en los zumbeles o de las volanderas que pasan de una encina a otra. Al ser atraídas por esa llamada es cuando se colocan en el punto de mira de los cazadores que ocupan sus puestos, camuflados entre las ramas de la choza.
“…el bando de palomas torcazas se recorta contra el cielo, a
lo lejos, sobre los farallones de la sierra de Lokiz. Vienen de las Landas
francesas y vuelan, altas y veloces, a más de 70 kilómetros por hora. A una
voz, el silencio se hace en la choza y los hombres, acechantes, ocupan sus
puestos. 'Chucho' mueve los cordeles y las palomas cautivas, guiadas
sabiamente, zurean y levantan las alas, atrayendo la atención del bando. Los
señuelos están colocados en pequeñas plataformas, elevadas sobre hayas y encinas,
y que el palomero mueve a su antojo con las cuerdas. Caperuzas grises tapan los
ojos de los señuelos que, obedientes, muestran los blancos alones a sus
compañeras salvajes. «Parar a las palomas es un arte», susurra…” (Méndez, J.
2012[6])
Patxi Otxoa sigue con esta
ancestral tradición, pero ese respeto por la historia de su familia y vecinos
no le ha impedido introducir cambios sustanciales en el terreno de Peñuño. Hace
años que en vez de subir por los peldaños de madera hasta las altas ramas en
las que colocar los zumbeles, cambió ese sistema por uno de “ascensores”. Por
ascensores se entiende un sistema de poleas y cables con el que la paloma
adiestrada colocada en su parrilla será subida hasta su lugar sin necesidad de
abandonar el suelo por parte del cazador. Se podría decir que su afán por
estudiar esta modalidad de caza de paloma lo ha convertido en un auténtico
innovador. Así ha introducido en su choza una nueva forma, al menos en esta
zona, de llamar a la bandada en vuelo: las volanderas. Esta forma de caza exige
a Patxi un esfuerzo adicional, bastante más laborioso que el método de
zumbeles, que también utiliza en este puesto, puesto que las palomas elegidas
para la labor de engañar a sus congéneres han de volar de un árbol a otro. Para
ello ha de amaestrar a los ejemplares, poniendo en cada puesto en la rama
comida y agua, el adiestramiento de cada paloma puede llevar meses.
Las palomas adiestradas, en el
palomar de Peñuño.
Para ello se tira un cable fino
de una rama sita en una encina hasta otra situada en otro árbol, separado por unas
decenas de metros, a elección de los cazadores, dependiendo de la situación,
las vistas despejadas, las posibilidades de que se posen bastantes ejemplares o
las opciones de tiro. Por ese cable las palomas adiestradas harán ese recorrido
con sus patas amarradas por “pihuelas” y “holgueras” a una cuerda, las palomas cambiarán
de árbol realizando un vuelo libre y total. De esta forma su desplazamiento es
en apariencia libre, con lo que desde la bandada se percibe como exento de
peligro. Así, avistadas por la bandada, siempre algunas se desgajarán del bando
y decidirán bajar para reunirse con las que han ejercido de reclamo, poniéndose
así en el punto de mira de los cazadores.
Patxi en su trabajo de
adiestramiento de una paloma volandera.
Este sistema de “volanderas” ha dado buenos frutos en el puesto de Peñuño. Es ciertamente, y así lo confirma Otxoa, mucho más laborioso y exige mayores inversiones, tanto de adiestramiento de las aves como de ajuste de los asientos para las mismas ubicados en las ramas de los árboles. Pero esa exigencia merece la pena, antes Peñuño no era un puesto con muchas capturas y desde hace unos años destaca como uno de los más eficaces y con mejores resultados de la zona.
“Mira, este puesto se lo dieron a mi tío Tasio porque era
malo, pero malo. Como su economía no le permitía pagar otros pues se quedó con
él. Está situado entre barrancos y se generan unas corrientes de aire malas de
verdad. Eso hacía que las palomas pasaran por otro lado. Yo con mucho trabajo y
estos nuevos sistemas, he conseguido mejorar las vistas y lograr capturas
envidiables. Alguno de estos años hemos estado cerca de las noventa torcazas
abatidas. Eso, tal y como están los pasos últimamente es un número muy bueno.”
(Patxi Ochoa)
Esta placa destaca las hazañas
conseguidas en Peñuño.
En la fotografía esta “jaula francesa”, con las tapas caídas, es decir que ya han salido las palomas volando. Nueva forma de “engañar” al bando de torcazas introducida en Peñuño.
Pero no terminan aquí las
actuaciones innovadoras de Patxi. También ha construido unos túneles, tres en
concreto, de 25, 15 y 29 metros . Convenientemente tapados por malla verde y
ramas, para no ser vistos desde el aire, por ellos se accede a un disparadero
desde el que se divisa un árbol, roble o encina, en el que se posaran las
posibles piezas sin temor a que el cazador sea divisado. Una más de las
novedades, para asombro de sus paisanos, que esta chabola presenta en la
actualidad.
Imagen de uno de los túneles citados.
Para Patxi, la caza, con ser importante, no deja de ser una parte de lo que supone mantener una choza palomera. Mantener la choza, txabola o puesto significa también continuidad. Seguir con la tradición de la familia, del pueblo de Zuñiga, mantener una cultura ancestral que le une con la tierra. No lejos de allí se encuentra la campa donde Tasio elaboraba sus carboneras, en un raso del bosque entre encinas y “roblicos” el personaje de la película “daba betagarri”[7] a la carbonera, es decir alimentaba la misma para que se “cociera” lentamente la madera que se convertiría en carbón vegetal. No puedo dejar de mencionar a quienes todavía en los cercanos pueblos del Valle de Lana (Gastiain, Narcué, Ullibarri, Viloria y Galbarra), en Ancín o en Murieta todavía siguen con esa tradición como el incansable divulgador Carlos Ibáñez Sanz[8].
Seguir manteniendo y arreglando
la choza, es continuar con la caza, aguantar el frio, el viento o la lluvia o
la ventisca de nieve supone para el hombre seguir ocupando un espacio de monte.
Los habitantes de los pueblos al instalarse, aunque sea tan sólo por unos
meses, en el terreno del bosque toman de forma simbólica ese “espacio
inhóspito”, salvaje, lo mantienen como propiedad del “espacio seguro” que
representa el pueblo. Me gusta citar a un autor que recurre muchísimo a este
concepto, se trata de Eric Wolf.
Este autor, que estudió en
profundidad numerosas comunidades campesinas, se refería, desde una perspectiva
neo-marxista, en sus reflexiones sobre los ecotipos campesinos 6
a los conceptos de “propiedad natural”7y
“libertad instintiva”. Se refería con ellos a la percepción que poseen en gran
medida los habitantes del mundo rural, según la cual el cobrarse una pieza de
las que abundan en estado salvaje en los campos, no obedece sino a unas reglas
que han estado, están y estarán en la propia esencia de la naturaleza. Así,
añado yo, cobrarse una pieza (sea una paloma, una codorniz, una trucha, coger
hongos o cortar un boj...) es un ejercicio que nadie puede impedir, aunque sí
acotar para preservar el medio natural.
Cobrarse la vida de un animal
representa algo ancestral desde que fuimos cazadores-recolectores, rememora la
lucha entre lo salvaje y lo civilizado, sería un “rito de paso” según la
terminología clásica de Van Gennep.8 Hacerlo es lo
normal, lo habitual, lo bueno para pasar a ser un hombre de la comunidad.
¿Qué por qué salgo al monte y al río? ... porque siempre ha sido así, ¡joe! Lo hacia mi abuelo, mi padre…Toda la vida se ha hecho esto. (Julián Foronda en Prieto Mendaza, J. 2004: p.24)
Podríamos decir que es el “puesto
de control” de Peñuño. Tirar con destreza de estas argollas hará que las
palomas, sean volanderas, en zumbeles o desde jaulas hagan su trabajo.
“…por aquí, cada vez pasan menos: al punto de que hace tres
años se subastó el puesto por 1.030 euros y esta temporada solo se han pagado 5
euros por la parada. Chucho sale del puesto y nos enseña las artesanas
escaleras de roble por las que trepa a los árboles para situar los reclamos
antes de la amanecida. En varios de ellos hasta se conservan los clavos y los
viejos tacos de madera de haya que, a modo de peldaños, servían antes a los
palomeros para «palanquear» los árboles… «Era el modo de comer entonces.
Nosotros, que somos más que nada tirando a pobres, veníamos al puesto con ocho
cartuchos. No se desperdiciaba un tiro; esperábamos que se juntaran dos o tres
palomas para disparar. Hasta ocho palomas he matado yo con tres tiros», añora.
«Luego las vendíamos o las llevábamos al Restaurante Casino, para que las
guisara la Joaqui”. (Méndez, J. 2012)
Vista desde Peñuño, los arbustos se
podan para dejar despejada la vista a posibles bandadas. Las encinas
convenientemente podadas, esperan, si la suerte es propicia, que se posen en
sus ramas las torcaces.
"Goseak jota, mendirako bidean, orduak
eta orduak, bertan zain, pagadian. Pobreziak bultzaturik, ibaiko zidorrean, egunak
eta egunak izkutaturik, Ega uhertzetan.
Eskopeta, kainabera, perretxikoak
sartzeko saskia, aizkora edota eskuak, dena baliogarria... gosea kendu
beharrean, kodes mendizerra lekuko haiz ixilean".
La sierra de Codés ha sido su testigo durante años. Escondidos en el hayedo, a la orilla del río, empujados por el hambre...ahí han estado. Junto a ellos una escopeta, una caña, una cesta.
[1]
Pequeño pececillo de aproximadamente 6 cm. otrora abundante en estos cauces
fluviales, apreciado preparado frito, su nombre científico es Phoxinus
bigerri.
[2]
Denominación en esta zona del escaramujo, rosa mosqueta o rosal silvestre, que
por sus propiedades astringentes se conoce popularmente como “tapaculos”.
[3]
Góngora, F. El hombre que se subía a los árboles, Diario El Correo,
domingo 25-10-2009.
[4]
Prieto Mendaza, J. (2004: p. 22) El furtivismo en la Montaña Alavesa. Algo
más que pícaros o burladores, Ohitura-D.F.A.
[5]
En otros lugares denominado cimbel, se trata del asiento donde se coloca la
paloma que deberá aletear y hacer así que la bandada descienda y se pose. Gerardo
López de Guereñu, recoge esta palabra en su libro Voces Alavesas, cuya primera
edición data de 1958. Edición de 1998, Bilbao, p. 285.
[6]
Méndez, Julián Diario Los últimos del zumbel El Correo, domingo 11-11-2012.
[7]
Dar betagarri. Acción de prender, “alimentar” y facilitar el “tiro” de la
carbonera.
[8]
Carlos Ibañez ha hecho un excelente trabajo etnográfico sobre las carboneras y
además una valiosa labor pedagógica explicando, en su finca de Ancin, cómo se
hacía el carbón antaño.
6 Wolf, E. (1973)
Las luchas campesinas del siglo XX. Edit. Siglo XXI. Madrid. p. 59 y 72
7 El bosque,
en la cosmología del mundo rural es de todos, siempre ha estado ahí y siempre
estará. No es de nadie, mucho menos de los señores o poderosos. Es un lugar
libre y sin leyes, salvo las del más astuto.





















